El terremoto dejó al descubierto otro desastre: el desmantelamiento del sistema de protección civil venezolano

Una conversación entre Ángel Rangel, ex director nacional de Protección Civil (1999-2001) y Carlos Tablante, editor fundador de Cuentas Claras Digital, sobre las lecciones que Venezuela no aprendió del deslave de Vargas, la ausencia de un mando único y el insatisfactorio rol de la Fuerza Armada en las primeras horas del terremoto, la diáspora como recurso estratégico y el enorme desafío de reconstruir un país que ya estaba en crisis antes de que la tierra comenzara a temblar.

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Las primeras imágenes que dejó el terremoto recorrieron el país y el mundo con una fuerza difícil de olvidar. Hombres y mujeres removiendo escombros con las manos desnudas. Vecinos organizando cadenas humanas. Jóvenes cargando heridos. Ciudadanos improvisando centros de acopio.

Las imágenes despertaban admiración, pero también formulaban una pregunta incómoda: ¿Dónde está el Estado?

Con esa pregunta comenzó una larga conversación entre Carlos Tablante, editor fundador de Cuentas Claras Digital, y Ángel Rangel, ingeniero, ex director nacional de Protección Civil (1999 – 2001) y uno de los mayores especialistas venezolanos en gestión de riesgos.

Lo que comenzó como una conversación en medio de la conmoción y el dolor por el terremoto que sacudió a Venezuela el 24 de junio, terminó convirtiéndose en una reflexión mucho más profunda: el desastre natural no solo derrumbó edificios; expuso el progresivo desmontaje del sistema que durante décadas debía proteger a los venezolanos cuando ocurriera una emergencia.

Más que lecciones aprendidas, tenemos lecciones no aprendidas

Tablante abrió la conversación recordando que Rangel dirigió la respuesta nacional durante el deslave de Vargas de 1999. Veintisiete años después, ¿qué había aprendido Venezuela?

Rangel corrigió inmediatamente el planteamiento.

  • – Yo añadiría a las lecciones aprendidas, las lecciones no aprendidas.

Esa frase terminó convirtiéndose en el hilo conductor de toda la conversación.

Porque el problema, explica, nunca fue desconocer los riesgos. Venezuela sabía en 1999 lo mismo que sabe hoy. Es un país atravesado por las fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar. Más del 80 % de la población vive justamente sobre ese corredor sísmico. Los terremotos seguirán ocurriendo.

Lo que nunca ocurrió fue la transformación del Estado para convivir con esa realidad.

El país que esperaba a que ocurrieran los desastres

Durante años, Rangel ha repetido una idea que hoy vuelve a cobrar vigencia.

  • – Venezuela desarrolló una cultura reactiva. Es decir, espera que ocurra el desastre para actuar.

Una cultura preventiva funciona exactamente al revés. No evita que llueva. No evita que tiemble. No evita un huracán. Lo que hace es reducir el daño antes de que ocurra. Eso significa decidir dónde construir. Cómo construir. Qué hospitales reforzar. Qué carreteras deben permanecer operativas. Qué organismos necesitan presupuesto. Qué equipos deben comprarse antes y no durante la emergencia.

Nada de eso ocurrió.

Rangel recuerda que después del deslave de Vargas quedó claro que muchas edificaciones nunca debieron levantarse junto a quebradas o sobre terrenos inestables. Aquella era una lección evidente.

Pero, a su juicio, tampoco fue incorporada como política pública.

El terremoto encontró un país mucho más frágil

Si el riesgo geológico sigue siendo el mismo, ¿por qué este desastre resulta más difícil de enfrentar?

La respuesta ocupa buena parte de la conversación.

Porque Venezuela ya era un país profundamente debilitado antes del terremoto. Rangel enumera una realidad que va mucho más allá del movimiento sísmico: hospitales sin capacidad, escasez de medicamentos, servicios públicos deteriorados, electricidad intermitente, agua potable insuficiente, bomberos sin equipamiento, vehículos dañados, Protección Civil sin recursos, funcionarios con salarios insuficientes.

  • – Hoy la situación del país es peor en condiciones de vulnerabilidad que antes, resume.

El terremoto no creó esa fragilidad. Simplemente la hizo visible.

La solidaridad apareció. El sistema, no.

Carlos Tablante plantea entonces una observación que millones de venezolanos compartieron al ver las primeras imágenes.

La ciudadanía respondió inmediatamente. Las instituciones gubernamentales, no. Rangel hace una distinción fundamental. Nunca cuestiona la solidaridad, al contrario, la celebra. Pero advierte que una emergencia de esta magnitud no puede depender únicamente del heroísmo ciudadano.

  • – El voluntariado con las uñas no basta, subraya.

Rescatar personas bajo edificios colapsados requiere sensores térmicos, equipos de oxicorte, ingenieros estructurales, operadores de maquinaria pesada, médicos especializados, perros de búsqueda. Pero, sobre todo, alguien que coordine todos esos recursos.

  • – La solidaridad salva, pero la organización salva mucho más.

El sistema nacional que nunca se activó

Quizá el momento más revelador de la conversación aparece cuando ambos empiezan a hablar del Sistema Nacional de Protección Civil.

Muchos venezolanos creen que Protección Civil es únicamente un organismo. Rangel recuerda que, en realidad, es un sistema. Y un sistema significa integrar instituciones como gobernaciones, alcaldías, bomberos, ministerios, universidades, academias, colegios profesionales, Cruz Roja, organizaciones voluntarias, Fuerza Armada y cooperación internacional.

Todo eso debería funcionar bajo un solo comando. Eso fue precisamente lo que, según Rangel, nunca apareció en las primeras y vitales horas. Ahora comienza a manifestarse de manera tímida. 

  • – No cualquiera porque salga declarando en televisión es quien dirige una emergencia, afirma. Tiene que existir un responsable claramente identificado, una cadena de mando, un plan previamente diseñado, un vocero oficial y una institución que tome decisiones técnicas.

La gran ausencia de las primeras horas

En ese punto la conversación entra en uno de los aspectos más criticados públicamente. Si Venezuela posee una de las mayores estructuras militares de América Latina, con miles de efectivos distribuidos por todo el territorio; si cuenta con transporte terrestre, aéreo y marítimo, si tiene ingenieros militares, hospitales militares, maquinaria pesada y sistemas de comunicaciones…¿Por qué esa capacidad no apareció inmediatamente al servicio del rescate?

La respuesta de Rangel resulta contundente.

  • – Me sorprende que la Fuerza Armada Nacional no haya sido puesta inmediatamente a disposición de Protección Civil para un plan nacional de búsqueda, rescate, recuperación y reconstrucción. No estoy proponiendo militarizar la emergencia.Todo lo contrario, la ley venezolana asigna el liderazgo a Protección Civil. La Fuerza Armada debe ser el gran respaldo logístico.

Así ocurrió durante el deslave de Vargas.

Rangel recuerda que el entonces presidente Hugo Chávez le dio una instrucción muy sencilla junto al ministro de la Defensa, general Raúl Salazar: «Aquí se va a hacer lo que ustedes dos decidan.»

Ese principio permitió que todas las instituciones actuaran bajo un mismo mando, lo que ciertamente no evitó errores pero permitió una mejor coordinación.

Hoy, sostiene, ese mando no apareció cuando más se necesitaba.

La política también destruyó capacidades

Otro aspecto relevante aparece cuando Rangel habla de la profesionalización. Explica que durante años los altos cargos de Protección Civil dejaron de ser ocupados prioritariamente por especialistas en gestión de riesgos y su designación respondió más a criterios partidistas.

  • – Eso, dice, no solo afecta las decisiones sino que también desmoraliza a los propios funcionarios. Un organismo técnico pierde eficacia cuando quienes lo dirigen desconocen la materia.

El éxodo debilitó la respuesta al desastre

La conversación toma entonces un rumbo inesperado. Carlos Tablante introduce un elemento casi ausente del debate: La emigración.

  • – Entre los millones de venezolanos que se fueron del país emigraron médicos, enfermeras, ingenieros, geólogos, especialistas en comunicaciones, sicólogos, rescatistas.

Rangel coincide inmediatamente.

  • – La migración también afectó los sectores estratégicos.

Una propuesta para movilizar a la diáspora

Tablante propone que los países que están enviando ayuda incorporen dentro de sus delegaciones a profesionales venezolanos que hoy residen en esos mismos países.

Rangel sonríe.

  • – Te copio la idea, responde, y la desarrolla inmediatamente.

Coinciden en que cada delegación podría incorporar profesionales venezolanos, especialistas que conocen el idioma, el territorio, las instituciones y las comunidades donde trabajarán. Fungirían como técnicos, traductores, enlaces, anfitriones y, sobre todo, venezolanos ayudando a reconstruir su país.

La ayuda internacional necesita un país que la reciba

Rangel profundiza en el tema de la cooperación internacional.

Recuerda cómo durante la tragedia de Vargas, Estados Unidos movilizó ayuda desde el Comando Sur en cuestión de horas. Ayuda que fue rechazada por Hugo Chávez.

Hoy esa ayuda vuelve a ser indispensable pero insiste en que los equipos internacionales no pueden actuar solos.

  • – Alguien debe recibirlos, ubicarlos, transportarlos, asignar prioridades, proporcionar combustible, traductores e información precisa. Si no existe esa contraparte técnica, incluso los mejores equipos del mundo pierden eficacia.

El apagón informativo

Hay otro desastre menos visible: la falta de información.

Rangel insiste una y otra vez en la necesidad de un vocero único. De una red nacional de información. De emisoras de radio, televisión y medios digitales funcionando con libertad. De un servicio de internet estable. De instrucciones claras para la población. Lamenta que muchas emisoras hayan perdido su función de servicio público y que la conectividad del país sea una de las más precarias de la región.

  • – En una emergencia, explica, comunicar también salva vidas.

Después del rescate comienza el verdadero desafío

La conversación termina mirando hacia adelante.

Primero vendrá la búsqueda de sobrevivientes. Después la evaluación de daños. Luego la demolición de estructuras inseguras.

Y finalmente llegará la reconstrucción.

Allí aparecerán preguntas mucho más difíciles. ¿Dónde volver a construir?, ¿Qué zonas deberán abandonarse definitivamente?, ¿Qué infraestructura debe priorizarse?, ¿Quién dirigirá la reconstrucción nacional?, ¿Quién administrará los recursos?

Rangel pone el ejemplo de La Guaira donde muchos terrenos son aluvionales y construir allí exige costosas fundaciones profundas y restricciones de altura.

  • – Lo que no destruyó el deslave de 1999 terminó destruyéndolo el terremoto. No podemos repetir otra vez el mismo error.

Mucho más que reconstruir edificios

Al finalizar la conversación queda claro que el terremoto abrió dos emergencias.

La primera es visible y consiste en salvar vidas, atender heridos y recuperar infraestructura.

La segunda será mucho más larga y tiene que ver con reconstruir la capacidad del Estado para proteger a los venezolanos.

Porque, como repite Ángel Rangel durante toda la conversación, los terremotos seguirán ocurriendo.

  • – Lo que un país sí puede decidir es si el próximo lo enfrentará con ciudadanos cavando entre los escombros o con instituciones capaces de organizar toda la fuerza de una nación para salvar vidas.

Ese, concluye, es el verdadero debate que Venezuela todavía tiene pendiente desde la tragedia de Vargas.

La conversación termina alejándose de los aspectos técnicos para entrar en una reflexión sobre el país, movida por el impacto emocional que esta tragedia ha ocasionado en todos los venezolanos y del cual no escapan Rangel y Tablante.

Carlos Tablante observa que una tragedia de esta magnitud también debería convertirse en una oportunidad para reconstruir la confianza nacional. Si el terremoto exige la unión de todos los venezolanos para salvar vidas y reconstruir ciudades, también demanda gestos políticos que contribuyan a la reconciliación y a la participación de toda la sociedad.

  • – Así como se necesita un comando único para coordinar el rescate —plantea Tablante—, también hace falta un gran acuerdo nacional que permita movilizar todas las capacidades del país, sin exclusiones.

En ese contexto, considera indispensable que las autoridades interinas adopten medidas acordes con la gravedad del momento. Entre ellas, la liberación de todos los presos políticos y de conciencia, el cese de las persecuciones por motivos políticos, el levantamiento del bloqueo a los medios digitales independientes, la devolución de las emisoras de radio y canales de televisión cerrados o confiscados a sus legítimos propietarios, y el pleno restablecimiento de la libertad de prensa y de expresión.

A esas medidas añade otras que, a su juicio, facilitarían una respuesta nacional más eficaz: garantizar el libre funcionamiento de las organizaciones humanitarias y de la sociedad civil; facilitar el ingreso y la distribución de la ayuda internacional sin restricciones políticas; convocar a la diáspora venezolana a incorporarse al esfuerzo de reconstrucción; asegurar el acceso de organismos internacionales especializados a todas las zonas afectadas; y, ante todo, promover un gran acuerdo nacional que coloque la protección de la vida y la reconstrucción del país por encima de cualquier diferencia política.

Rangel no entra en esa discusión política. Su insistencia permanece en el terreno técnico: sin planificación, sin instituciones profesionales y sin coordinación, ningún país puede enfrentar con éxito un desastre de esta magnitud.

Sin embargo, ambos coinciden en la idea de fondo: frente a una tragedia nacional, la prioridad debe ser la vida de los venezolanos. Y esa prioridad exige aprovechar todas las capacidades disponibles, dentro y fuera del país, dejando de lado intereses particulares para concentrarse en la reconstrucción de Venezuela.

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