La ovación que recibió Enrique Márquez en el Capitolio de Estados Unidos no fue un gesto protocolar ni un episodio anecdótico.
Márquez, al igual que otros venezolanos, fue encarcelado por negarse a convalidar el fraude, por insistir con coherencia, argumentos y pruebas en que el 28 de julio de 2024 el pueblo venezolano escogió de manera contundente a Edmundo González Urrutia como presidente de la República.
El régimen respondió como sabe hacerlo: con represión, persecución, encierro y silencio. El Helicoide fue donde lo encerraron por más de un año, solo por exigir el cumplimiento de la ley: resultados mesa por mesa y centro por centro; nada más, pero tampoco nada menos.
Sin embargo, la historia terminó colocando a Márquez, en representación de todos los presos políticos, en el centro de un escenario global. Del calabozo al Capitolio. De la persecución al reconocimiento bipartidista de Estados Unidos.
Esa ovación, compartida por demócratas y republicanos, tiene una lectura estratégica: Venezuela sigue siendo un asunto de Estado para Washington.
Pero sería un error —grave y costoso— interpretar este momento en clave individual o personalista. No se trata de Márquez como figura aislada ni de reconocimientos simbólicos. Se trata de comprender que estamos nuevamente ante una oportunidad política que nos exige ratificar el compromiso unitario. Ahora, más que nunca, es necesaria la construcción de un gran frente de unidad nacional.
La transición hacia la democracia que Venezuela reclama con urgencia debe ser pacífica, pero irreversible, y ello requiere una articulación amplia, inteligente y generosa.
Esa articulación pasa, inevitablemente, por la convergencia de liderazgos que hoy representan distintas dimensiones de la lucha democrática: la fuerza inspiradora y movilizadora de María Corina Machado; la legitimidad electoral de Edmundo González Urrutia; la capacidad de liderazgo y coordinación de la Plataforma Unitaria Democrática (PUD); la combatividad irreductible de Andrés Velásquez; y la solvencia técnica y política de Enrique Márquez. Muy especialmente, debemos reconocer la presencia combativa de los presos políticos que han salido de las cárceles en todo el país, como Juan Pablo Guanipa, Freddy Superlano, Roland Carreño, Naomi Arnaudez y Dignora Hernández, entre otros. Y por supuesto, también el valioso aporte de los exiliados, que ya han iniciado su retorno.
Sin embargo, la fuerza poderosa de un proceso de cambio radica en su capilaridad territorial. Dirigentes regionales y municipales, partidos políticos, movimientos sociales, gremios, universidades, iglesias y organizaciones civiles deben convertirse en actores activos de toda esa gran movilización en la ruta hacia la democracia.
La comunidad internacional, y particularmente Estados Unidos, ha comenzado a enviar señales claras. Las declaraciones de Marco Rubio apuntan, además de a la estabilización y recuperación económica para atender la emergencia humanitaria, a un desenlace que incluye reconciliación, elecciones libres y reinstitucionalización. Pero ese desenlace no será impuesto desde afuera ni ejecutado por intermediarios. Requiere un sujeto político interno cohesionado, creíble y con capacidad de interlocución.
Y allí está el desafío central.
Porque, mientras el régimen busca longevidad, estimula la fragmentación de sus adversarios. La alternativa democrática, a pesar de sus enormes victorias, sigue teniendo como tarea pendiente superar desconfianzas, egos y visiones parciales. No hay espacio para proyectos individuales ni para estrategias paralelas.
La transición será obra de muchos líderes agrupados en una coalición nacional con sentido histórico.
Figuras como la de Enrique Márquez adquieren un valor particular que debe sumarse al esfuerzo unitario. No se trata de descalificar a unos para calificar a otros.
En esta hora difícil que vive el país, los puentes y el diálogo son imprescindibles.
Porque, al final, la recuperación de la soberanía —esa que fue entregada y vulnerada durante años— dependerá de algo esencial: que los demócratas venezolanos estén a la altura del momento histórico y comprendan que solo unidos podrán convertir la esperanza de todo un pueblo en un cambio real para lograr una democracia total.
Que el comienzo del final sea lo más pronto posible, dadas las circunstancias.
¡Que el pueblo ratifique su decisión por el cambio de rumbo, con elecciones libres!










