Opinión | Agustín Álvarez Cardier: La Venezuela Que Se Apaga Mientras Caracas Sigue Encendida 

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Agustín Álvarez Cardier

Hay algo que desde hace tiempo me llama poderosamente la atención y que creo que merece ser comentado.

En buena parte de Venezuela, los apagones forman parte de la vida diaria. En algunas ciudades del interior, la gente ya sabe que tendrá que convivir con varias horas sin electricidad, muchas veces sin saber exactamente cuándo cortarán la luz ni cuándo regresará.

Y, sin embargo, cuando uno mira lo que ocurre en Caracas, pareciera estar viendo otro país.

Restaurantes llenos, comercios abiertos, calles con movimiento, gente saliendo, entrando, consumiendo y haciendo su vida con una aparente normalidad.

No estoy diciendo que en Caracas no haya apagones. Los hay. Tampoco pretendo juzgar a quienes pueden salir a comer, comprar o disfrutar de una noche. Cada quien vive su realidad y administra sus posibilidades como puede.

Lo que me preocupa es otra cosa.

¿Nos hemos acostumbrado a que existan dos realidades dentro de un mismo país?

Una, la de Caracas, donde buena parte de la actividad cotidiana parece haberse recuperado y donde los problemas eléctricos no tienen, al menos en apariencia, la misma intensidad que en muchas ciudades del interior.

Y otra, la del resto del país, donde una familia puede pasar horas sin electricidad y tiene que organizar su día alrededor de los diarios apagones.

Porque quedarse sin luz no es simplemente quedarse sin luz.

Es mucho más.

Es el pequeño comerciante que no puede trabajar.

Es el negocio que pierde una jornada.

Es la comida que puede dañarse.

Es el estudiante que no puede conectarse a internet.

Es la persona que necesita hacer una diligencia y no puede utilizar un sistema de pago.

Es una familia que tiene que esperar, una vez más, a que regrese la electricidad para poder continuar con su vida.

Y quizás lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando.

Ya parece normal preguntar: “¿A qué hora cortan la luz hoy?”

Parece normal cargar los teléfonos antes del apagón.

Parece normal almacenar agua por si acaso.

Parece normal comprar protectores eléctricos porque los equipos sufren con las fluctuaciones.

Parece normal suspender una actividad porque no hay electricidad.

Pero no debería ser normal.

Hay una pregunta que, en mi opinión, Caracas debería hacerse:

¿Qué está pasando con el resto de Venezuela?

Porque Venezuela no es solamente Caracas.

También están Maracay, Valencia, Barquisimeto, Maracaibo, Maturín, Acarigua, San Cristóbal y tantas otras ciudades donde la gente trabaja, estudia, emprende, cría a sus hijos y trata de salir adelante.

Y esas personas también tienen derecho a algo tan básico como disponer de un servicio eléctrico estable.

Quizás el problema sea que los apagones del interior dejaron de ser noticia.

Se convirtieron en rutina.

Y cuando una tragedia se convierte en rutina, existe el peligro de que deje de llamar la atención.

Mientras tanto, en Caracas, la imagen que se proyecta es diferente. La ciudad continúa con una actividad que puede dar la impresión de que Venezuela está recuperando cierta normalidad.

Pero basta alejarse de la capital para encontrarse con otra realidad.

Una realidad que pocas veces aparece en las conversaciones cotidianas de quienes viven en Caracas.

No se trata de enfrentar a Caracas con el interior.

Se trata de recordar que todos somos parte del mismo país.

Y que la normalidad de unos no debería hacernos olvidar las dificultades de otros.

Porque mientras algunos pueden sentarse tranquilamente a cenar en un restaurante, hay venezolanos que están sentados en sus casas, a oscuras, esperando que reconecten la electricidad.

Y quizás lo mínimo que podemos hacer es no dejar de hablar de ellos.

Porque Venezuela no termina donde termina la luz de Caracas.

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