Opinión | Guillermo Ortega | La Ilustración Oscura: La Ideología Detrás De La Inteligencia Artificial

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Guillermo Ortega

Las predicciones provenientes de Silicon Valley sobre impacto de la inteligencia artificial a veces resultan delirantes, también en muchos casos y no sin razón, motivos de alarma. En una especie de montaña rusa, pasamos de la oferta del nirvana, el mundo de la abundancia y del crecimiento fabuloso, a un salto al apocalipsis, el desempleo masivo, el mundo distópico de las novelas de ciencia ficción donde las maquinas terminan con la humanidad.

Comparado con la asimilación de otras tecnologías de gran impacto, que tomaron décadas en afectar de forma significativa la economía, la inteligencia artificial, en su más reciente forma de los modelos de lenguaje de gran tamaño, en apenas 5 años ha tenido un efecto extraordinario y quizás, en menos de una década, habrá impactado áreas esenciales, tan amplias como los servicios y la producción de conocimiento, sustituyendo actividades completas en el mercado laboral.

Como es común en todos los cambios que han acompañado otras tecnologías de gran alcance, la manera como operaron en el pasado, hay mucha incertidumbre sobre sus beneficios y los inconvenientes que va a crear la adopción de las nuevas tecnologías. Es una ansiedad doble:  la preocupación por el tránsito, la secuencia en la introducción de esos cambios, y por el destino, las consecuencias de esos cambios fabulosos, el efecto en el bienestar tanto en el camino como en el punto de llegada.  En el pasado esas tecnologías impactaron el funcionamiento de las sociedades, la forma como se produce, intercambian bienes y servicios, y también las consecuencias sobre el marco institucional, las formas de gobierno y el procesamiento de conflictos; hoy las mismas interrogantes acompañan las nuevas tecnologías, son los prolegómenos de un debate que apenas comienza.

Los protagonistas de esta historia, se encargan de dibujar el tránsito y el destino de estas nuevas tecnologías. Es cierto que en el mundo de la inteligencia artificial no existe consensos sobre estos temas, no hay un pensamiento unificado. Sin embargo, el punto de partida es la creencia de que las nuevas tecnologías y nivel de bienestar vienen de la mano.

Allí mismo comienzan las dificultades, justo cuando se precisa la manera en que los grandes jerarcas de las principales empresas imaginan la transición, la forma de atravesarla, y el momento de llegada donde se recojan los frutos de las nuevas tecnologías.  Al escuchar a los principales exponentes, los más vistosos, sean Elon Musk, Sam Altman o Peter Theil, la cadena argumental tiene una proyección común. El discurso parte de la premisa de que las sociedades post industriales parecen haber alcanzado un cierto aletargamiento. El progreso tecnológico, de acuerdo a esa corriente, se estancó desde la década de los setenta; es el resultado de restricciones sobre el poder de invención, regulaciones que imponen trabas sobre el funcionamiento de las empresas; un arreglo institucional, la democracia liberal y sus instituciones, que colocan una camisa de fuerza sobre la adopción y difusión de innovaciones. Resulta que tanto la premisa, como la conclusión son bastante controversiales. Esa línea de razonamiento tiene implicaciones sorprendentes, en especial las prescripciones implícitas en el diseño de políticas públicas. Desde el punto económico, alimenta lo que se denomina el nuevo pensamiento conservador, la principal implicación es alejarse de la promoción de la competencia, sugiriendo que se debe abandonar las regulaciones sobre empresas que de hecho tienen una especie de monopolio natural, con el cual hay que sencillamente convivir, permitir que tengan autonomía en la fijación de precios. Promover la competencia, impedir que esas empresas concentren una alta cuota de mercado, de acuerdo a esa proyección termina por colocar trabas a la difusión de las nuevas tecnologías. Asociado a esa línea argumental, otra implicación está relacionada a la política comercial. La carrera por la supremacía tecnológica es vista como un juego de ganadores y perdedores, de tal manera que los países deben asegurar la carrera por los minerales que sirven de base para la supremacía tecnológica. De allí las tarifas, las políticas proteccionistas.

En lo político, las implicaciones no son menos alarmantes. El proceso de transición que plantean las nuevas tecnologías, requiere de un cierto arreglo autoritario, un orden monárquico que minimice las fricciones, una estructura similar a la que existe en una empresa, que permita acelerar el desarrollo y adopción de las nuevas tecnologías. En el credo de los profetas de la tecnología nueva, el resultado final, el mundo de la abundancia, la felicidad plena en que todas las necesidades son satisfechas, requiere de cambios institucionales que de no hacerse van a implicar o que la tecnología no alcanza sus beneficios, o lo que es peor, el mundo occidental termina colonizado por la gran amenaza de quien hoy en día esos atributos monárquicos: la gran amenaza china.

En ese hilo argumental, en cual es cierto existen muchos matices, quizás los que más han articulado esa línea de pensamiento, es un par de pensadores Curtis Yarvin, un politólogo americano, y Nick Land, un filósofo inglés, que han dado coherencia a ese pensamiento en lo que se conoce como la “ilustración oscura”, muy popular entre algunos gurús de Sillicon Valley, y la base de lo que se conoce en Estado Unidos como el movimientos de los nuevos reaccionarios, (NRx), que han dado soporte ideológico a algunas de las iniciativas de la administración Trump, a contra corriente de la tradición del pensamiento conservador.

Ese pensamiento, llevado al extremo, pareciera sugerir que para atravesar lo que puede ser una transición complicada, el mundo necesita de un orden monárquico tanto a nivel económico como político, un circuito donde prevalecen las grandes corporaciones, no importa cuál sea su poder fijación de precios, donde el monarca sea capaz de funcionar eficientemente, sin las fricciones propias de la democracia ni las de las regulaciones que garanticen la competencia. Al final, esa misma disciplina monárquica, el arreglo institucional que va a garantizar la llegada al mundo de la abundancia, el gobierno solo va a ser necesario en su rol de conserje, una especie de planificador central donde no es necesario la asignación de recursos. Un orden monárquico necesario para la transición y quizás prescindible para la llegada; en el mundo de la abundancia, los humanos no requieran trabajar ni preocuparse por el orden de gobierno.

Esa línea de razonamiento, quizás puede resultar muy innovadora en la defensa de la monarquía y de los monopolios, en realidad es una voltereta hacia ideas previas a la ilustración del siglo XVIII.  La base de esas predicciones, la teoría económica y política que está detrás, que a veces resuenan a ejercicios de ciencia ficción, paradójicamente es una suma muy abigarrada de ideas muy populares en el siglo XVII. Comparten un determinismo casi teológico: la historia tiene un curso inexorable. Esa comprensión acerca del intercambio y las relaciones humanas; comparten la extrapolación hacia un punto de llegada común, el desarrollo de las nuevas tecnologías nos llevara al mundo de la abundancia, donde ya no existe la cooperación, el trabajo especializado, no hay vencedores y vencidos. Es el mismo salto que personajes como Marx presagiaban extrapolando también el progreso productivo.

Esas ideas del siglo XVII que ahora resurgen en la llamada “ilustración oscura”, son loas al orden monárquico y a los monopolios, ideas contra el mercado y la democracia liberal, postulan ahora la sumisión de los derechos individuales al poder natural, en este caso de la tecnología. La subordinación a estos nuevos monarcas que nos llevan hacia la abundancia, es el gran contrabando que trae consigo el credo asociado a la inteligencia artificial. En el tránsito, dado que el camino va a ser tortuoso, arribar a la tierra de la abundancia necesita desprenderse de todas esas regulaciones que limitan la concentración, las empresas tienen que actuar con la autonomía necesaria para la adopción correcta de las innovaciones, los países tienen que asegurarse de los recursos necesarios para cumplir las tareas y las democracias se convierten en un estorbo, así como la globalización. Todo eso sobra en esa carrera para llegar a la felicidad plena. Esa extraña coincidencia, que justifican a todas costas las nuevas tecnologías, es la base de ideas tan aparentemente desconectadas como la imposición de tarifas, los ataques al comercio y la defensa de los monopolios.

De esa manera, una tecnología que promete enormes ganancias de productividad, similares a otras de gran impacto, trae de contrabando una serie de ideas contrarias al marco institucional que precisamente permitió que esas ideas contribuyeran al enorme salto en bienestar que produjo el siglo de la ilustración.  Para justificarlo, la promesa es que los modelos de inteligencia artificial y los robots que la acompañan, van a producir una ganancia de tal naturaleza en que el costo es cero, el trabajo va a ser opcional y no van a existir y la asignación de recursos ya no va ser un problema.

No es la primera vez que alguien piensa en un mundo similar. Esas ideas del siglo XVII, en realidad han estado gravitando por un largo tiemplo. El ultimo pensador que formalizó, tal vez de la manera más acabada, esa suerte de determinismo histórico, no fue otro que Karl Marx; dibujó los mismos escenarios que hoy proyectan los partidarios de la ilustración oscura. La noción del tránsito, la lucha de clases, como también, la llegada a ese mundo de la abundancia, no es otra cosa que la materialización de esa contradicción hegeliana. La misma idea subyace en la ilustración oscura en el tránsito hacia el mundo de la abundancia.

El siglo XVIII, con la ilustración, el liberalismo en el terreno económico y político, el surgimiento de la idea que el intercambio y el mercado asignan recursos de forma eficiente, que el poder monárquico tiene que ser sometido a la ley, que el gobernante de turno no puede crear impuestos de manera caprichosa, que no se puede expropiar sin contraprestación, que los ciudadanos tienen derecho a elegir a sus gobernantes, que debe preservarse la separación de poderes, son ideas que están íntimamente ligadas al impacto y difusión de tecnologías que permitieron, en los últimos 260 años, una notable mejora en los niveles de bienestar. Cualquier métrica que se utilice, sea esperanza de vida, ingresos per cápita, esa es una conclusión incontrovertible. Pero soslayar la importancia del arreglo institucional es un grave error conceptual.  La relación entre tecnología y mejora en las condiciones de vida es un hecho indiscutible. La conexión, sin embargo, no puede abstraerse del marco institucional donde esas tecnologías se producen. No hay lugar a una extrapolación mecánica entre crecimiento y adopción tecnológica, menos si esta se hace suscribiendo la defensa de los monopolios y la monarquía. Ambos mecanismos terminan por mineralizar la toma de decisiones y en consecuencia el proceso de creación.

El hecho que las nuevas tecnologías vengan acompañadas con ideas que nos retrotraen al pensamiento anterior a la ilustración, es algo que representa una triste paradoja. Es regresar al mundo anterior al siglo XVIII, un viaje hacia la tierra prometida que en realidad es un enorme retroceso en libertades individuales.

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