Héctor Faúndez Ledesma

Como ya es habitual, la crónica roja informó, hace solo unos días, del linchamiento de otra persona señalada como autor de algún robo o un atraco. Esta vez se trataba de Joise José Farías Miranda, un muchacho de 22 años que fue quemado vivo por robar a tres mujeres. El hecho ocurrió en un barrio de Petare; pero pudo ocurrir en cualquier lugar de nuestra extensa geografía, en donde los ciudadanos se sienten hastiados de la inseguridad y de la impunidad. Ya no tiene nada de novedoso que Venezuela se haya convertido en un Estado fallido, incapaz de garantizar la vida, la seguridad y la propiedad de sus ciudadanos; pero vale la pena detenerse un momento en los protagonistas de esta nueva ley de la selva, decretada por quienes nos gobiernan.

Cuando el chavismo se instaló en el Palacio de Miraflores, Joise José apenas tenía 4 años de edad. Su futuro, como el de todo niño que nace en la miseria, podía ser sombrío; pero Hugo Chávez “se prohibió” que hubiera más niños de la calle y prometió ocuparse de quienes, a partir de ese momento, serían los “niños de la patria”. Independientemente de lo que puedan decir las cifras oficiales, dieciocho años después de esa promesa presidencial, lo cierto es que hay más pobreza, más desesperanza, más niños haciendo piruetas en los semáforos a cambio de un mendrugo de pan, y más niños y adolescentes delincuentes.

Dieciocho años después de una de esas tantas promesas presidenciales, Joise José, quien fue un “niño de la patria” chavista, murió brutalmente asesinado, seguramente por otros adolescentes que, como él, han crecido en medio del discurso del odio. Víctima y victimarios fueron abandonados por un gobierno que cuenta con recursos para adquirir armamento militar, pero no para dotar a la policía de los instrumentos necesarios para combatir el delito y garantizar la seguridad de los venezolanos.

Al igual que sus victimarios, Joise José vivía en ese país imaginario que nos ha pintado el actual régimen, en donde hay una industria floreciente, con empleos bien pagados, con tiendas en las que abundan los alimentos y las medicinas, con calles en las que se puede caminar con tranquilidad, y con unos tribunales que, en vez de dedicarse a la política, cumplen rigurosamente con su función de administrar justicia. Lo cierto es que Joisé José no conoció la prosperidad que sugieren los datos oficiales, sino el atraso y la violencia. Chávez le enseñó que “robar no es malo”. La corta vida de la víctima se desenvolvió en medio de la falta de valores que se predica y se practica desde la cúpula del poder, y que nos ha convertido en uno de los países más corruptos del mundo, con la tasa más alta de asesinatos, con elevados índices de abandono infantil, y con miles de jóvenes que deben emigrar en busca de un destino mejor.

Al igual que otros “niños de la patria” que, día tras día, vemos pidiendo limosna, o que aquellos que también eran unos niños cuando llegó el socialismo del siglo XXI y que hoy esperan, en una prisión extranjera, ser sentenciados por tráfico de drogas, Joise José fue otra víctima de la demagogia imperante desde hace dieciocho años. Ese discurso vacío, lleno de promesas de amor y de patria mientras se saquea los recursos públicos y se persigue a quienes piensan diferente, es el responsable de que hoy Venezuela sea solo la apariencia de un Estado, que sus instituciones estén secuestradas y que los venezolanos, tanto niños como adultos, deban sobrevivir en medio de la absoluta indiferencia de quienes están en Miraflores. Es triste que, en menos de dos décadas, un país con futuro se haya convertido en una sociedad primitiva, en la que se teme por igual a los bandidos que a los jueces y policías, y en que sus ciudadanos deben hacer justicia por su propia mano.