César Morillo

“Maldito el soldado que use su arma contra el pueblo’. Nunca tan pertinentes como hoy las palabras de Simón Bolívar.
Freddy González es un adolescente de 11 años apenas, que a su escasa edad conoció de cerca la experiencia de la represión brutal. La noche del miércoles fue perseguido y brutalmente agredido por un GNB  en las inmediaciones del Sambil de Maracaibo, a eso de las 9 pm. En esa zona vienen congregándose jóvenes en las últimas noches, unos protestan y otros, los colectivos, confrontan a los que protestan, convirtiendo el lugar en un escenario de caos y confrontación nocturna.
Freddy se encontraba ahí, o cerca de ahí, sin saber mucho de el porqué de la protesta, ingenuo e imprudente, dada las circunstancias que vivimos en Venezuela, entonces un soldado que salió de cacería lo atrapó, lo golpeó a mansalva, lo esposó con esas cintas de material plástico, y ya sujetado por sus endebles muñecas, le colocó una bomba lacrimógena y la hizo detonar ahí en su cuerpecito moreno y delgado del hambre que pasa. Las quemaduras son de primer y segundo grado y le cubren el 17% de su cuerpo, según informe médico firmado por el Dr Edy Ramirez quien lo atendió.
A uno le cambia la perspectiva de la realidad cuando se topa de cerca con un caso como éste. Hay muchos, lo sé. Acaso incluso peores, o tan inhumanos. Como el tanque que le pasó por encima a un joven estudiante, o los disparos a quemarropa contra civiles indefensos, o los jóvenes que atestiguan que fueron obligados a comer pasta con excremento, por solo mencionar algunos.
Pero ver el rostro de un niño mientras contaba como ese “soldado de la patria” lo agredía con rabia, es demoledor. ¿Cómo un ser humano puede llegar a tanto? ¿Por qué un militar puede actuar con semejante saña contra un niño de 11 años?
Me resisto a  creer que todos los militares sean así, seguro estoy que muchos, diría incluso que la mayoría, desaprueban este horror. Que las palabras de Bolívar les retumban en sus mentes y tienen como norte el servicio y respeto por el ciudadano. No hay que dejarse atrapar por la desesperanza, no.
En medio de tanto acontecimiento lamentable justo es señalar la actitud de la Fiscalía,  que comisionó a la Fiscal 35 Dra Nadia Pereira, con competencia en menores, para que abriera la investigación, su comportamiento fue diligente y profesional. También se apersonó la Dip. a la Asamblea Nacional Elimar Díaz prestando toda su solidaridad con el joven Freddy y su familia, y la labor encomiable de los periodistas zulianos que con su esmero en difundir estos hechos incentivan una red de solidaridad indispensable.
Hoy mas que nunca los ciudadanos debemos contagiarnos del valor infinito de tantos que salen a protestar a las calles, a reclamar el país que nos han quitado. Nada de desesperanza, se me ocurre en  cambio invitarnos a buscar a los uniformados. Si, todos conocemos a un militar, de vecino, amigo o hasta familiar. Busquémoslo, hablémosle con la Constitución en la mano, leámosla junto a él, expliquémosle el porqué es inconstitucional el llamado de Maduro a una constituyente que sólo le sirve a él.
Hagámosle ver que nuestros hijos, los de un lado y los del otro, los hijos de todos, no pueden seguir muriendo por el capricho de un hombre.
Que ellos, los de verde, se deben a todos los venezolanos y que su deber es respetar y hacer cumplir la constitución. Estoy seguro que a muchos se les abrirá el entendimiento y el corazón. Que nos harán saber nuestras coincidencias, y nos darán la mano.
Freddy Gonzalez vive junto a su mamá y cinco hermanos en el barrio 4 de Febrero -emblemático nombre- allá en lo que se conoce como Maracaibo Oeste, la parte mas marginada de la ciudad, en un rancho de latas de 30 metros cuadrados si acaso, las calles del barrio no conocen el asfalto, el agua no llega y el hambre campea. Ese barrio, que debe su nombre a los soldados alzados en 1992, es habitado por gente muy humilde que posiblemente esperó mucho de quienes ofrecieron reivindicar al pueblo y sacarlo de su pobreza. Transcurrido los años, esa esperanza se ha desvanecido. Deysi, la madre de Freddy, hace mucho dejó de creer en la revolución, “si mi hijo muere, me lo mata Maduro” repetía una y otra vez.
Sin embargo, un hombre y su pequeño séquito, no nos harán perder la fe en el ser humano. Es el momento de apelar a lo mejor de nosotros como pueblo y como personas.
Mas allá de la penumbra, del dolor que nos embarga, hay grandeza y mucho coraje en las calles. Esa grandeza y dignidad del venezolano también se harán sentir dentro de nuestros cuarteles.
@cesarmorillo7